martes, 21 de agosto de 2012

Cómo era el legionario romano

Roma, entre otras muchas cosas, aportó al mundo antiguo una nueva forma de combatir que, en cierto modo, les permitió hacerse los dueños de los campos de batalla durante siglos.

Podríamos decir que el punto de inflexión tuvo lugar a raíz de la batalla de Pidna (22 de junio de 168 a.C.), en la que, como siglos más tarde hicieron los espaderos españoles contra los cuadros de picas enemigos, los legionarios se infiltraron entre el bosque de sarissas que erizaban la hasta entonces temible e invencible falange macedónica, masacrándolos literalmente. Así, la falange quedó obsoleta como unidad táctica en favor de los manípulos y cohortes de las legiones, unidades mucho más flexibles en el campo de batalla.

¿Cuales fueron pues, además de la nueva organización táctica, los medios que permitieron a las legiones convertirse en la mejor fuerza de combate de su tiempo? Sus armas, especialmente concebidas para llevar a cabo un determinado tipo de lucha, y en cuyo entrenamiento llegaron a un nivel de perfeccionamiento que superaba con creces al de sus enemigos, compuestos generalmente por tropas no profesionales que, por mucha fiereza que desplegasen en el campo de batalla, carecían de la disciplina y la destreza del legionario romano. Veamoslas...

Ante todo, tenían el scutum, un enorme escudo incialmente ovalado y luego rectangular de hasta 120 cm. de largo que lo protegía eficazmente contra los proyectiles arrojadizos y demás armas enemigas. Fabricado con madera forrada de cuero, con la parte central reforzada con un umbo y con los cantos igualmente reforzados con bronce para impedir que las armas de corte enemigas los inutilizasen, formaban una verdadera muralla imposible de franquear salvo que la fila se rompiese. Los usados en entrenamiento eran más pesados que los de combate (de unos 6 kilos de peso), a fin de que, llegada la hora, los manejasen con más soltura.

La lanza arrojadiza, el famoso pilum, formada por un largo hierro rematado por una pequeña moharra en forma piramidal, dotada de un elevado poder de penetración. El hierro estaba unido a su asta mediante unos pasadores de madera, de forma que estos se rompieran al golpear el escudo enemigo, o bien si éste intentaba desclavarlo, inutilizándolo y obligándolo a deshacerse del mismo, por lo que quedaba desprotegido. Además, su capacidad de penetración podía incluso hacer que, una vez atravesado el escudo enemigo, llegara a herirle, dejándolo fuera de combate.

Y el archiconocido gladius, una espada corta que, aunque tenía capacidad para herir de filo, estaba especialmente concebida para hacerlo de punta. Sus hojas, de filo recto o pistiliformes, estaban dotadas de unas aguzadísimas puntas que permitían a sus usuarios producir graves heridas en los combates más cerrados, en los que las espadas largas y las hachas usadas por los pueblos germánicos estaban en desventaja al carecer de espacio para manejarlas con eficacia. Uno de los elementos más significativos de esta emblemática arma era su enorme pomo esferoidal, muy indicado para poder extraerlo del cuerpo del enemigo sin riesgo a perderlo por resbalarse de la mano a causa del sudor y/o la sangre.

Así pues, tenemos que una inteligente combinación de estas tres armas fueron en gran medida la clave del poder militar romano. ¿Cómo las usaban? De una forma asombrosamente simple y práctica: cuando una cohorte avanzaba hacia el enemigo, unos 25 ó 30 metros antes del contacto iniciaban una breve carrerilla a paso ligero para tomar impulso. Cuando estaban a unos 10 ó 15 metros, lanzaban el pilum con los efectos ya comentados anteriormente: las primeras filas del adversario se veían con los escudos inutilizados y muchos de ellos ya caían heridos. En la foto de la izquierda tenemos la secuencia de lanzamiento: protegido por su enorme scutum, el legionario toma impulso y arroja el pilum contra el enemigo. A continuación, desenvaina el gladius y carga contra el mismo hasta el contacto. Si cae sobre ellos una lluvia de flechas o se ven rodeados, forman una testuda contra la que poco o nada puede hacer el adversario.

Llegados al cuerpo a cuerpo, el enemigo se encuentra con un muro de escudos. Muy cabreados se abalanzan descargando golpes de hacha y espada contra ellos, intentando romper la línea. Los legionarios levantan sus scuta para detener los golpes y, aprovechando que en ese instante el enemigo está totalmente expuesto y más preocupado en golpear como un poseso que en defenderse, sacan por debajo del scutum sus gladius y los acuchillan en el abdomen, la zona púbica o las ingles aniquilándolos allí mismo. De ese modo, la primera línea de una cohorte se deshace de los primeros enemigos antes siquiera de haberles dado tiempo a darse cuenta de lo que pasaba. Y mientras estos siguen intentando avanzar golpeando a diestro y siniestro, los legionarios de la primera fila, mucho más disciplinados, se repliegan dando paso a la segunda, que está descansada, para proseguir el combate. Y así sucesivamente hasta exterminar o poner en fuga al enemigo.

Obviamente, esto no quiere decir que las legiones fueran absolutamente invencibles. Como todos los ejércitos de todas las épocas, sufrieron derrotas. Unas veces por incapacidad de sus mandos, otras por verse abrumados por una insuperable superioridad numérica enemiga, pero lo que sí es cierto es que el número de victorias superó enormemente al de las derrotas. La receta para ello es la que hemos visto de forma somera: una disciplina férrea, una distribución táctica de las tropas que les daba una enorme flexibilidad en el campo de batalla, y tres armas que, adaptadas de forma magistral a una determinada forma de combatir, les proporcionó una enorme ventaja contra sus enemigos.

Visto en castra in lusitania.

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